Antes de casarse, Emma
había creído estar enamorada; pero como la felicidad que esperaba de aquel amor
no había hecho su aparición, pensó que se había equivocado. Y se preguntaba
intrigada qué es lo que había que entender concretamente en la vida por
palabras como dicha, pasión y ebriedad que le habían
parecido tan maravillosas en los libros.
Este pasaje demuestra el
desfase entre la personalidad de Emma y su realidad. La idealización de su
futura condición de casada consecuentemente la había llevado a la desilusión y
luego a la frustración. Para remediar esa condición había creado nuevas
idealizaciones que la llevarían a su vez a una frustración mayor que terminaría
en el suicidio. Lo mismo se pudo haber escrito de la mayoría de nosotros. En
este sentido la obra de Flaubert tiene una gran vigencia y universalidad. Tal
vez la historia del hombre moderno sea el continuo y universal empeño en
acceder a una realidad-otra, un ansia de trascender nuestra cotidianidad, un
deseo de ser lo que nuestras elucubraciones pueden articular, de ir mas allá
del sujeto humano.
Emma se enfrentaba a una
disyuntiva fomentada por sus lecturas. Como un Quijote moderno estaba embebida
en el carácter romántico de sus lecturas. Sus definiciones de lo que debería
ser la experiencia vital estaban conformadas en los enajenados paisajes de la
literatura romántica y su percepción de los afectos naturales de la vida en las
desmesuradas e intensas experiencias ficticias de las obras que frecuentaba. Emma es víctima de una
carencia y no esperará porque la vida condescendiente le llene, tendrá, “como
en los libros”, una participación activa, y dicho desde ya, destructiva y
enfermiza para mitigar su carencia. Sufrirá consecuentemente el fin de todos
los que buscan imposibles: el martirio.
Su vacío le hará
convertirse en una persona cuya obsesión por alcanzar la felicidad finaliza en
una fijación. La fijación se resuelve en el fetiche, poderosa representación
simbólica capaz de sustituir en nosotros el verdadero efecto del objeto
ansiado. El sexo será el rito propiciatorio. Habrá que practicarlo y repetirlo
una y otra vez, hasta lograr el propósito.
Emma está literaturizada.
Su vida se ha encausado en una cárcel de la letra y las paredes de un convento.
Emma sustituye la experiencia, al decidir vivir entre las del hábito y el velo,
por la letra. La palabra juega el papel de mediador entre su experiencia de
vida y la realidad de la misma. Su deseo era parecerse a la evocación romántica
de sus libros, la placentera visión de su entorno, y no hacia más que parecerse
a su parodia. Una parodia cruel por su realismo. Emma como sujeto se
desdobla en la medida en que se enfrenta a una realidad extraña a la creída. Su
noción visionaria de las cosas se ve corroída por la contundencia de lo real;
es el típico anti-héroe de las letras modernas, encontrada con una realidad
indiferente a sus deseos, con una humanidad tosca pendiendo de las letras como
un cordón umbilical tóxico e insano.
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