La rue assourdissante autour de moi hurlait.
Longue, mince, en grand deuil, douleur majestueuse,
Une femme passa, d’une main fastueuse
Soulevant, balançant le feston et l’ourlet ;
Agile et noble, avec sa jambe de statue.
Moi, je buvais, crispé comme un extravagant,
Dans son oeil, ciel livide où germe l’ouragan,
La douceur qui fascine et le plaisir qui tue.
Un éclair… puis la nuit ! – Fugitive beauté
Dont le regard m’a fait soudainement renaître,
Ne te verrai-je plus que dans l’éternité ?
Ailleurs, bien loin d’ici ! trop tard ! jamais peut-être !
Car j’ignore où tu fuis, tu ne sais où je vais,
Ô toi que j’eusse aimée, ô toi qui le savais !
Charles Baudelaire, A une passante
La ciudad es el espacio común donde el
hombre se vuelve anónimo, y de lo anónimo se hace genérico; y de
genérico se erige él mismo en la ciudad. La ciudad se lleva dentro tanto
como nos volcamos en la ciudad cuando vista como un reflejo de la
dimensión vital donde el hombre se encuentra con los demás. En la ciudad
el yo individual interactúa con el yo colectivo y en ese sentido es
donde nos mediatizamos, donde nos urbanizamos. La ciudad es el objeto de
la infatuación del hombre moderno. Como transeúntes traspasamos y
brutalizamos la ciudad a la vez que somos traspasados por la vivencia
sensorial de la ciudad. La modernidad está marcada por el hecho de que
la relación hombre-entorno, deja de ser una relación natural y sensual
para convertirse en una relación sexual y humana.
Lo dicho hace posible la existencia de poemas como “A une passante”
de Charles Baudelaire. Donde el poeta establece con la ciudad una
relación tan tortuosa como la relación hombre-mujer. La ciudad es y
contiene a la mujer inaprensible que el voyeur anhela en un
momento único e irrepetible. No desea tanto a la mujer como al deseo
mismo. Desea lo que la ciudad esconde y que le es revelado por una
iluminación en su carácter más evanescente. Relámpago, mujer, ciudad,
observador, son fotografiados en un instante íntimo y ajeno, develador e
huidizo. La ambigüedad y la intrascendencia se combinan para crear una
parcelación del continuo del devenir de la ciudad. La descripción
instantánea, el retrato al minuto, de la ciudad es contrapuesto contra
la perennidad del dolor del hombre ante su destino de tránsfuga, contra
su imperecedera condición de doliente social.
Hasta el momento de la visión la ciudad
lo abruma. Entonces la mujer o la ciudad misma en un brillo accidental
le devuelven al deseo, a la vida, pero pronto se apaga aquella luz
pasajera que lo deja en penumbras peores. La vida se le ha ofrecido en
la ciudad para luego abandonarle. La vida no se detiene, la ciudad no se
detiene, la mujer no se detiene, solo el autor es testigo inmutable,
estático y melancólico del tiempo en la ciudad impune.
El autor piensa que el azar ha dominado
sus experiencias, no puede intencionalmente repetir la visión que le ha
devuelto “al punto a la vida”, la ciudad vuelve a aullar en torno suyo”,
la calle sigue “de riguroso luto y dolor soberano”. Pero es él quien
puede sentir luto o dolor, no la calle, el defecto no está del todo en
la ciudad, sus ojos son los que construyeron la ciudad. De la ciudad sí
es la transeúnte, lo fastuoso, lo bello, lo nuevo, lo que inquieta, “la
dulzura que hechiza y el placer que da muerte”, lo deseable pero fatal,
porque implica su propia mortalidad, su genérica mortalidad, el lugar
común de todos los espectadores que pasarán como han pasado sus
visiones. Vivir en el mundo del recuerdo es vivir en el mundo de la
melancolía y la añoranza. Entonces lo eterno no es el sujeto o el objeto
de observación, lo inmortal es el acto, el evento es imperecedero en la
medida en que se repetirá en la ciudad. Si el evento es el encuentro,
será su contraparte el desencuentro absoluto en el anonimato de la
ciudad donde las caras están veladas. Como individuo, él no sabe dónde
irá tampoco dónde irá ella. Seguramente va en dirección de nuevos
desencuentros. Solo quizás, porque la ambigüedad y la duda prestan su
tono al poema.
Baudelaire no es definitivo, tiene la
vaguedad de una ciudad envuelta en la bruma, y de ahí su plurivalencia,
su humana incongruencia, su choque con la ciudad y sus estatuas
veneradas, su pesimismo.
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